Superando las dificultades

¿Te atreves a probar una primera sesión gratuita? A lo largo de nuestra vida vamos pasando por diferentes etapas que además de prepararnos para futuros retos, suponen en la mayoría de las ocasiones un cúmulo de experiencias que nos sirven de base para seguir evolucionando y fortaleciéndonos.

En cada una de esas etapas nos van surgiendo retos para los que, en la mayoría de las ocasiones, habremos desarrollado previamente los resortes necesarios para afrontarlos y superarlos. Pero si alguno de esos retos reviste tal enjundia como para requerir un nivel madurativo por nuestra parte que aún no hemos alcanzado, no sabremos cómo abordarlo y probablemente lo aparcaremos en un rincón de nuestra mente; y según el momento madurativo en el que nos encontremos y nuestras experiencias vividas fuera del “cascarón”, se nos creará un conflicto que nos dificultará vivir de manera saludable.

Será entonces cuando deberemos echar mano de aquellas herramientas que puedan ayudarnos a entender y asumir el problema; a actuar de manera activa sobre el mismo para que no se enquiste, se pegue como una lapa a nuestro estado de ánimo y lo contamine hasta hacernos caer, en el peor de los casos, en una depresión.

Pero, ¿cuándo hacer uso de esas herramientas?

En primer lugar, tendremos que estar concienciados de que hay algo que está distorsionando nuestro día a día y que no somos capaces de desentrañarlo y analizarlo para encontrar el alivio necesario.

En la adolescencia suelen ser aquellas figuras más vinculadas afectivamente a los jóvenes las que dan la primera voz de alarma: Los padres (siempre que estos no se encuentren en el ojo del huracán de la rebeldía de los hijos), los profesores del colegio o incluso los amigos, a veces advierten comportamientos extraños y actitudes diferentes. Son los silencios inadecuados o la tendencia al aislamiento lo que de una manera incierta nos ponen sobre aviso.

Si existe por parte del adulto una cierta sensibilidad, grandes dosis de paciencia y una buena predisposición a observar con detalle al adolescente, podrá percatarse con facilidad de todo esto. Y es entonces cuando habrá que actuar.

En muchas ocasiones, simplemente escuchando el discurso del afectado encontramos las claves para una intervención directa a la “almendra” del problema, dando pautas que el adolescente puede llegar a integrar sin dificultad. Esto ocurre así en la mayoría de las ocasiones, y al solucionarse, no le damos apenas importancia porque entendemos que esa es nuestra labor.

Pero, ¿qué ocurre cuando se dan una serie de circunstancias que hacen del problema algo difícil de abordar por parte del adulto? A veces por rechazo, por falta de información, por el mutismo que caracteriza a los adolescentes a la hora de mostrar sus sentimientos (o por desconocimiento, en definitiva) lejos de que se provoque un acercamiento que facilite la comunicación, y por ende, la búsqueda de una solución, ocurre todo lo contrario y el factor tiempo se convierte en otro enemigo más, pues observamos impotentes que el niño sufre y lo pasa mal, pero una barrera, ya sea generacional o de otra naturaleza, nos aleja más y más de él, con lo que se enquista y enrarece más si cabe la situación.

Si en un adolescente las trabas para resolver un problema son a veces importantes y se requiere de un especialista para abordarlas con éxito, en un adulto nos encontramos que debido a las rigideces provocadas por el paso de los años, unidas a la influencia negativa de conflictos anteriores no resueltos y a las frustraciones en las que estos degeneran, la manifestación del problema que vemos en ese adulto dista mucho del origen que lo provoca. Digamos que se dan una serie de circunstancias que “van sumando” hasta repercutir en el estado de ánimo, en la autoestima y en las ganas de salir adelante. Podríamos incluso etiquetarlo de un estado “predepresivo” que tendríamos que tratar desde el origen y no únicamente desde los síntomas.

Aquí ya no suelen ser efectivas aquellas herramientas que provienen de familiares, de amigos o de coyunturas concretas. En estos casos habrá que “bucear” en los conflictos primigenios que influyeron en estas actitudes y manifestaciones que provocan ahora; y enseñar al sujeto a gestionar sus emociones, relativizar su percepción y generar expectativas para la consecución de objetivos alcanzables.

Esta sería una línea de actuación en el caso de que el origen del problema residiese en un conflicto no resuelto y que hubiésemos podido dar con él. En otros casos más severos probablemente se requiera de tratamiento farmacológico pautado por un médico para que nos ayude a elevar el estado de ánimo y así abordar de manera más positiva el asunto, pero siempre bajo la batuta de un psicólogo que administre los tiempos y los fines y que disponga de los medios necesarios para su consecución.

En definitiva, a todas aquellas personas que atraviesan una etapa difícil les repetiría este mensaje: ¿Te atreves a probar una primera sesión gratuita? Luego, tú decides.

Contacta con nosotros. Estaremos encantados de poder ayudarte.

 

Iñigo Estaún. Psicólogo.

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