Cada vez es más habitual escuchar que los niños y adolescentes sufren episodios de ansiedad, depresión, estrés o trastornos del comportamiento. Lo que antes parecía exclusivo del mundo adulto, hoy afecta a menores de 10 años, y los datos no dejan lugar a dudas. El impacto psicológico en edades tempranas ha aumentado significativamente en las últimas décadas, con un repunte preocupante tras la pandemia.
Este fenómeno ha comenzado a generar una respuesta social, institucional y mediática. Los expertos alertan de estar ante una emergencia silenciosa de salud mental que afecta a los más vulnerables. ¿Qué está pasando? ¿Por qué los menores sufren tanto? ¿Qué podemos hacer al respecto?

Aumento de los problemas psicológicos en la infancia y adolescencia
En las últimas décadas, tal como hemos indicado, se ha observado un preocupante aumento en la prevalencia de problemas psicológicos en la infancia y adolescencia. Este fenómeno es multifactorial, impulsado por una combinación de factores biológicos, sociales, familiares y ambientales. La presión académica, el uso excesivo de la tecnología y las redes sociales, los cambios en la estructura familiar y la incertidumbre global son solo algunos de los elementos que contribuyen a este incremento.
Los problemas de salud mental en la infancia y adolescencia han alcanzado niveles alarmantes a nivel global. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 1 de cada 7 adolescentes, de entre 10 y 19 años, padece algún trastorno mental diagnosticable. En España, la Asociación Española de Pediatría advierte de un aumento del 47 % en estos trastornos desde el inicio de la pandemia.
No se trata solo de casos aislados, sino de una tendencia que se refleja en estudios epidemiológicos a nivel mundial. Por eso, abordar este tema es crucial, no solo para ofrecer el apoyo necesario a los niños y adolescentes que sufren, sino también para implementar estrategias de prevención y promoción de la salud mental desde edades tempranas.
Factores que contribuyen a la aparición temprana
Los factores que pueden intervenir en la aparición temprana pueden ser biológicos, psicológicos y sociales. Comprender esta multifactorialidad es el primer paso para poder intervenir de manera efectiva y ofrecer el apoyo necesario en el momento adecuado. A continuación, se detallan algunos de los aspectos más relevantes que están contribuyendo a esta preocupante tendencia.
Cambios sociales y culturales
Los niños y adolescentes viven hoy en un mundo hiperconectado, acelerado y bastante exigente. Se enfrentan a retos que antes eran propios de la vida adulta: la presión académica, la incertidumbre sobre el futuro, la competencia social constante y exposición a la crítica.
Uso problemático de las pantallas
Excederse en el uso de las pantallas y redes sociales está vinculado directamente con el deterioro de la salud mental. Un estudio reciente demostró que:
- Los niños con síntomas de adicción al móvil o a videojuegos tienen un 50 % más de probabilidad de sufrir ansiedad o depresión.
- El uso diario superior a 4 horas se asocia con trastornos como TDAH, trastornos de conducta y alteraciones del sueño.
Bullying y violencia escolar
El acoso escolar sigue siendo un factor de riesgo gravísimo. Un estudio con más de 95.000 estudiantes reveló que el bullying multiplica entre 3 y 18 veces el riesgo de sufrir problemas como ansiedad, trastornos del comportamiento o incluso ideas suicidas.
Trauma infantil y falta de protección emocional
Experiencias adversas en la infancia como la negligencia, la violencia familiar o el abuso están directamente relacionadas con el desarrollo de problemas psicológicos a corto y largo plazo. Niños que han vivido 6 o más eventos traumáticos tienen un riesgo de intento de suicidio 30 veces mayor.
Síntomas de alerta: cómo detectarlo a tiempo
Reconocer los signos de alerta es el primer paso para poder intervenir de manera oportuna. A menudo, estos síntomas no se manifiestan de la misma manera que en los adultos; pueden ser más sutiles, confundirse con “etapas normales” del desarrollo o expresarse a través de cambios de comportamiento en lugar de una comunicación directa.
Los niños y adolescentes no siempre tienen las palabras para expresar lo que sienten, y por ello, su malestar se refleja en su forma de actuar, relacionarse y en su rendimiento académico. A continuación, se muestran algunos de los síntomas más frecuentes a los que debemos prestar especial atención.
- Tristeza prolongada o irritabilidad sin causa aparente.
- Cambios de comportamiento, retraimiento social o agresividad.
- Dificultades para dormir o alimentarse.
- Bajo rendimiento escolar repentino.
- Quejas somáticas frecuentes (dolores sin causa física clara).
- Desinterés por actividades que antes disfrutaban.
- Comentarios negativos sobre sí mismos, autolesiones o pensamientos suicidas.
Cuanto antes se detecten estos signos, más posibilidades hay de actuar con eficacia.
El papel de los padres y educadores
La familia y la escuela son los entornos clave para detectar y prevenir los problemas emocionales. Es fundamental que los padres y docentes:
- Escuchen activamente, sin juzgar ni minimizar los sentimientos del niño.
- Promuevan un clima emocional seguro, en el que el menor pueda expresarse sin miedo.
- Pongan límites saludables, especialmente en el uso de pantallas.
- Fomenten la autoestima, la gestión emocional y las habilidades sociales.
- Consulten con profesionales cuando detecten señales de alarma, sin esperar a que el problema se agrave.
La educación emocional es hoy tan importante como la académica.
La intervención psicológica en edades tempranas
La intervención psicológica temprana emerge como una herramienta fundamental y de vital importancia. A diferencia de lo que se podría pensar, la terapia en estas edades no busca simplemente “resolver” un problema de conducta, sino dotar a los niños y adolescentes de las herramientas emocionales y cognitivas necesarias para enfrentar los desafíos de la vida. Las terapias infantiles han demostrado ser eficaces en:
- Reducir la ansiedad y la depresión.
- Mejorar la conducta y la adaptación social.
- Prevenir trastornos graves en la edad adulta.
- Aumentar la autoestima y las habilidades de afrontamiento.
Incluso en casos de TDAH o autismo, la intervención temprana mejora significativamente la calidad de vida del menor y su familia. En algunos casos, el acompañamiento psicológico puede evitar que el problema se vuelva crónico.

En conclusión, los problemas psicológicos están afectando a edades cada vez más tempranas y, lejos de tratarse de casos excepcionales, representan un fenómeno global. Vivimos en una sociedad cada vez más exigente, donde los menores se ven sobrepasados por estímulos y exigencias para los que no están preparados.
¿Tu hijo o hija está lidiando con preocupaciones constantes o miedos? En Psicología y Bienestar somos especialistas en el manejo de la ansiedad infantil y estamos aquí para acompañar a tu familia. Si has notado estos signos de alerta y quieres ayudarle, no dudes en contactarnos. Juntos, podemos marcar la diferencia.


