Mujeres maltratadas, un caso especial de “Indefensión Aprendida”

La indefensión aprendida es la sensación subjetiva de una persona o animal de no poder hacer nada ante una situación aversiva, de manera que, en lugar de actuar o defenderse, ha aprendido a comportase de forma pasiva, a pesar de que existan oportunidades reales de cambiar la situación. De este modo, evita las circunstancias desagradables por esa percepción que tiene de ausencia de control sobre la situación.

La indefensión aprendida ha sido relacionada con la depresión clínica (y también con otros trastornos mentales) al compartir algunos de los síntomas, aunque ambos conceptos no son totalmente comparables ya que, comparar una situación adversa que se percibe como incontrolable con un trastorno o enfermedad mental es tanto como negar la posibilidad de cambio activo que tiene el sujeto, que acaba asumiendo que la responsabilidad de la situación no es suya y que lo único que puede hacer es ser paciente porque  nada puede hacer para cambiar la situación.

Pero… ¿Qué lleva a una persona a desarrollar indefensión aprendida? ¿Por qué a veces no somos capaces de reaccionar ante determinadas situaciones? Algunos estudios han revelado que cuando a una persona se le castiga de manera continúa sin importar lo que haga, desarrolla indefensión aprendida, por lo que el sujeto deja de responder y de intentar cambiarlo.

Según Miguel Lorente Acosta (delegado del Gobierno para la violencia de género) a la indefensión aprendida se llega “al exponer a la víctima a peligros físicos y no se le advierte o se le ayuda a evitarlos, se la sobrecarga con trabajos, se le hace pasar por torpe, descuidada, ignorante etc. La falta de afecto unido a la repetición y prolongación en el tiempo de actitudes despreciativas, acompañadas con bruscos cambios del estado de ánimo del agresor, sólo es comparable a algunas torturas.”

Martin Seligman, psicólogo y escritor norteamericano estudioso de la indefensión y de los procesos por los que somos incapaces de reaccionar ante situaciones dolorosas, investigó y desarrolló una teoría en la que explicaba que “la persona se inhibe mostrando pasividad cuando las acciones para modificar las cosas no producen el fin previsto”. Realizó experimentos con dos perros en una jaula a los que se les sometía a corrientes eléctricas. Uno de ellos, tenía la posibilidad de cortar la corriente con el hocico, el otro no. El primer perro se mantenía en estado de alerta y conservaba la energía, pero el otro vivía nervioso y asustado, cayendo en una depresión. Cuando cambiaron las condiciones del experimento, permitiendo al segundo perro detener los choques eléctricos, su actitud siguió siendo de completa indefensión, a pesar de que ahora sí era capaz de cambiar la situación, mostrando un grave deterioro en el aprendizaje de nuevas conductas.

Un caso especial de indefensión aprendida es el de las mujeres afectadas por violencia de género. Es tal el desgaste psicológico que provoca su continua exposición a los malos tratos que terminan siendo incapaces de reaccionar a la situación para ayudarse a sí mismas.

Como resultado de un proceso sistemático de violencia, la víctima aprende a creer que está indefensa, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga será inútil. De ahí que, por desconocimiento, las mujeres maltratadas sean en muchos casos incomprendidas. Los que están a su alrededor no entienden qué es lo que ocurre en la mente de alguien que sufre maltrato de forma recurrente y no aciertan a explicarse por qué siguen creyendo una y otra vez en su verdugo; pero no se trata de otra cosa que de una adaptación psicológica, de una salida a todo ese dolor. El deterioro psicológico que produce toda esa violencia las deja anuladas e incapaces de reaccionar, pensando que no hay nada que ellas puedan hacer. Estas mujeres, víctimas de la violencia y del desprecio, se sienten desamparadas y entran en un estado de desmotivación, adoptando frecuentemente la misma conducta que el perro sometidos a shock eléctricos incontrolables. Ni siquiera intentan escapar porque aprenden que, hagan lo que hagan, siempre serán maltratadas.

Todo esto explica el hecho de que muchas mujeres maltratadas no se vayan del hogar o pidan ayuda a otros. Las dudas sobre sus propias fuerzas para resistir en la huída y el futuro incierto que se presenta ante sus ojos las mantendrá inmóviles y “al amparo de su captor”. Prefieren resistir a esa situación de maltrato impidiendo así cualquier modificación de sus conductas.

Bastaría con que tomasen la decisión firme de poner fin a la violencia; pero para ello es necesario el apoyo de profesionales que les ayuden a salir de esa situación y a fortalecer su autoestima.

 

Begoña Viñuelas. Psicóloga.

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